Vivir en la calle mata: 204 personas sin hogar han perdido la vida en Barcelona en diez años
Para la mayoría de vecinos y vecinas de Barcelona, la calle es lugar de paso. Para cientos de personas, sin embargo, es el techo donde duermen cada noche y, para demasiadas de ellas, también el escenario donde termina su historia. Esa es la conclusión más dura del informe que la Fundació Arrels ha presentado esta mañana bajo un lema que no deja margen a la duda: «Vivir en la calle mata».
Las cifras del estudio abarcan una década completa y retratan una realidad que suele quedar fuera de la agenda urbana. Entre 2015 y 2025, 204 personas en situación de calle fallecieron en la capital catalana. Si se amplía el foco a todos los ciudadanos que vivían o habían llegado a vivir en la calle, el total asciende a 682 muertes en la ciudad.
Morir más de tres décadas antes
El dato que más golpea es la edad. Las 204 personas que murieron durmiendo en el raso tenían una media de apenas 49 años, unos 34 menos que la edad de defunción del conjunto de la población barcelonesa, que en 2025 se situó en los 83 años (79,9 en hombres y 85,8 en mujeres). Casi dos de cada tres personas sin hogar fallecieron antes de cumplir los 55.
La brecha también tiene género: las mujeres que vivían en la calle murieron de media a los 45 años, cinco menos que los hombres (50). Desde Arrels consideran este panorama muy alarmante, porque la distancia respecto a la media de la ciudad llega a los 30 años en ellos y a los 40 en ellas.
Beatriz Fernández, directora de la entidad, presentó el trabajo en una jornada celebrada en el Col·legi d'Arquitectes de Catalunya, que incluyó una entrevista a Arnaud Vernus, representante de la federación estatal de entidades que trabajan con personas sin hogar, además de una mesa redonda con otras fundaciones y voluntariado. La calle, recordó, no es únicamente una situación residencial: en muchos casos es también el lugar donde se acaba la vida de estas personas.
El raso como última morada
Los números avalan esa idea: el 60% de quienes vivían en la calle murieron también en la calle, mientras que solo el 1% de las personas sin hogar fallecidas lo hizo en un piso, una habitación o un recurso residencial. Las causas médicas explican el 43% de las muertes, y el 35% de los fallecimientos se produjo en hospitales o centros sociosanitarios. Eso demuestra, según la fundación, que dormir en la rúa no implica estar desvinculado por completo del sistema sanitario, aunque el problema está en la fragmentación entre lo sanitario y lo social y en la falta de alternativas de alojamiento tras un ingreso.
A las causas clínicas se suman la violencia, las sobredosis y el suicidio, que juntas representan el 27% de las defunciones. Entre las mujeres pesan de forma especial las sobredosis, y entre las personas más jóvenes estos tres factores concentran buena parte de las muertes conocidas.
El informe también desmonta el mito del frío como única amenaza: el invierno concentra el 27% de las muertes y el verano el 26%, pero en primavera (24%) y otoño (23%) los números apenas bajan. Como remarca Fernández, estas personas mueren durante todo el año, porque el riesgo no depende de la temperatura, sino de la exposición, la violencia y las condiciones del espacio público.
Tener techo suma trece años de vida
Quizá la comparación más reveladora sea la que cruza mortalidad y alojamiento: quienes llegaron a acceder a algún tipo de vivienda fallecieron de media a los 62 años, trece más que quienes seguían en la calle. Tener techo, aclara la directora de Arrels, no revierte por sí sola los daños acumulados durante años en la calle, pero puede permitir recuperar salud, estabilidad y vínculos.
Para reducir esta mortalidad, la entidad pide ampliar los recursos residenciales y acortar así el tiempo de vida en la calle, incorporar la prevención de la mortalidad a las políticas de sinhogarismo, mejorar la coordinación entre los servicios sanitarios, sociales y de atención a personas sin hogar, y crear un registro de defunciones estable. También propone revisar cada muerte para detectar fallos, garantizar protocolos y preservar la memoria de quienes fallecen.
Detrás de cada cifra hay un nombre y una biografía truncada. En una ciudad como Barcelona, que presume de acogida y de servicios, este informe invita a mirar de frente a quienes duermen en nuestras calles y a exigir respuestas a la altura de lo que revelan los datos.


